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El Diálogo

Es sabido que el lenguaje, medio por el cual el diálogo se hace expresión, está siendo utilizado de mala manera hasta el punto de degradarlo totalmente. Lo que he querido lograr con este pequeño artículo, es que juntos podamos revalorizar el diálogo, como algo insospechadamente profundo.

Me he valido de recurrir a la etimología para lograr esto. La palabra diálogo proviene de las raíces griegas “dia” – “logos”.

Empezamos por el prefijo “dia”. Es bueno aclarar que puede concebirse su significado como “dos”, “dual” o “dualidad”. Esta concepción es errónea, por lo menos en este caso. Podemos sustituir el prefijo directamente por “a través de”.

Aquí ya tenemos el punto de partida. Puede servirnos el prefijo “a través de” para pensar en un camino a recorrer. No hace en sí mismo referencia alguna sobre el principio o el final, pero el camino habla por sí solo: es el movimiento constante que no se detiene, y que se vale de un elemento para llegar justamente a ese destino que es el que en realidad buscamos. Dicho elemento, es en el caso del vocablo diálogo, el “logos”, el centro mismo al cual haré referencia a continuación.

El vocablo “logos” ha tenido, a lo largo de la historia, más de 400 significados diferentes. Esto ya nos da una idea de la profundidad de la palabra “diálogo”. Podemos abrir aquí un horizonte que nos indica el camino interminable de las posibilidades que nos abre el diálogo.

Desde la antigua Grecia, los filósofos hablaban del logos como el sentido. No un sentido particular y subjetivo, sino un sentido amplio y abarcativo de la vida del hombre y de su razón de ser. El ser humano a lo largo de su historia ha intentado acercarse de distintas formas a algo trascendente, algo en lo que descanse su inquietud y su deseo de superación. Es en este caso el logos, el sentido que dota de valor y razones todo acontecimiento, suceso, interrogante, etc. De aquí se infiere otra de las acepciones del vocablo: razón. Ya podemos ver que ese logos no es poner nuestra búsqueda en un pozo ciego con el que nos conformemos en nuestra limitación humana. La razón justamente será el medio por el cual llegaremos a ese sentido. Relaciónese esto con que la razón siempre desea más, siempre buscará explicaciones que satisfagan al intelecto. Pero el sentido del que hablábamos no solo busca satisfacer el intelecto, sino también el corazón. Por eso aquí la razón cobra esta gran profundidad y no podemos reducirla simplemente a un conocimiento científico como comúnmente se hace.

En el logos, la reflexión se transforma en razón; y lo real y verdadero se transforma en verosímil y probable.

Sin embargo, agrego aquí que otro significado de logos es “palabra”. La palabra automáticamente la relacionamos con algo que buscamos en el diccionario para saber qué es. ¿Pero es capaz un diccionario de responder a la búsqueda de sentido al cual me referí anteriormente? ¿Puede la mente y el corazón del hombre sentarse a descansar luego de que recibe una pequeña respuesta? Entonces la palabra misma adquiere un valor del que no habíamos sospechado. Ahora la palabra tiene un gran poder no revelado: el poder de dar sentido y de buscar razones. Y es la palabra, en consecuencia, una razón creadora y capaz de comunicarse.

La alegoría de la caverna de Aristóteles y el sueño de la imagen de Heráclito nos hacen ideas del sentido del que hablaban los griegos en distintas épocas.

También es interesante tener en cuenta que a lo largo del tiempo, el logos se refirió también a “tratado”, “estudio” y “discurso”. Como tratados o estudios, y esto ya predicho de cierta forma por Heráclito mismo, el logos adoptó una nueva característica. Ya no se trataba de la búsqueda de la verdad, sino que además se indujo que la verdad renovaría la vida de los hombres. Es por esto que el diálogo ya no podemos verlo como un elemento de la antigua filosofía contemplativa presocrática. Ya lo entendemos en una nueva dimensión pragmática. Verlo así le da fuerza a la idea del “camino hacia” del que hablábamos en la explicación del prefijo “dia”.

Para ir adentrándonos un poco más en nuestros tiempos, es interesante repensar lo expuesto por Heidegger: “una recolección de contradicciones básicas y el establecimiento de una agrupación interior o armonía”. Pero es bueno saber que dicha recolección no es un mero juntar y acumular. Porque fijémonos que si hay contradicciones, es que también habrán elementos que nos alejarán del sentido. Así y todo, en este logos, no dejamos escapar esos elementos rebeldes. Todo es parte del sentido. Aparece entonces una nueva figura del logos: la fuerza. Una fuerza de la cual está dotada para no dejar escapar ideas en una libertad vacía de oposiciones, sino que, “uniendo los opuestos, mantiene la total agudeza de la tensión”.

Pero lo que tenemos que preguntarnos es: ¿Qué valor tiene el diálogo para nosotros? Habiendo profundizado sobre estos conceptos, podemos ver que terrible tendencia hay en la actualidad de hacernos creer que todo lo que recibimos debemos consumirlo sin más. Como si fuéramos meros animales que deben recibir algo por instinto. Vemos que tenemos una herramienta excepcional en nuestro poder: el diálogo. Un camino permanente a través del cual podemos buscar el sentido, llegar a la razón que le da respuestas a la mente y al corazón, hacer uso de una palabra creadora y confrontar ideas opuestas para llegar a la síntesis.

Dedico este humilde artículo a mis compañeros de diálogo. A aquellos que mediante la palabra y la razón quieren llegar a un misterio. Pero no un misterio vacío, sino un misterio que está ahí para ser desvelado.


Marcos Yurcic
Militante Jóvenes ARI Mendoza

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